Frágil brisa

Temblaba de frío, el gélido viento de la noche, penetraba en sus frágiles y débiles huesos, ella se sentía desubicada, congelada, su conciencia empezaba a jugarle malas pasadas y ya no pensaba con claridad. En esos microsegundos de lucidez, en los cuales tomaba consciencia de lo que ocurría, intentaba moverse, pero no era capaz, su cuerpo era como una pesada losa, y ya, ni siquiera podía pestañear. Finalmente, derrotada por el frío, se dejó llevar por su subconsciente, y perdió la consciencia.

Por suerte para ella, despertó, en un mullido lecho, arropada con varias mantas de lana, estaban desgastadas y remendadas, pero seguían abrigando.

Ante, aquellos amables extraños que la habían cuidado como si fuera su propia hija, se dio cuenta de la fragilidad de la salud.  

Gadea

Después de tanto y tanto insistir lo consiguió, estaba cansada, no tenía ganas de hacer nada, pero dada la insistencia de Taly, su águila fiel, que no paraba de volar posándose sobre ella y la ventana, se levantó, se puso la capa y salió a la calle.

Allí se encontraba sola, ante ella se hallaba un mundo totalmente diferente al que estaba acostumbrada. No entendía nada, ni siquiera conocía a sus vecinos. Pero ver volar a Taly la reconfortaba. Sabía que no volvería hasta el día siguiente, pero era su obligación dejarla libre todas las noches.

Se apoyó sobre un árbol y desde allí observaba a los paisanos que entraban y salían de la taberna. La mayoría de ellos, no se percataban de que estaban siendo observados. Sin embargo, unos pocos sí que se daban cuenta y no le decían nada, parecía que quería que fueran vistos por esa misteriosa dama. Allí estuvo un buen rato observando, absorta en sus pensamientos hasta que el frío de la gélida noche caló en sus huesos y decidió ir a su nueva morada.

Al llegar a la alcoba se extrañó, pues encontró a su esposo durmiendo. Aún no llegaba a entender como su padre la había vendido por unas míseras monedas a un rudo herrero con fama de mujeriego. “Esto es lo que te mereces” esas palabras sacada de la boca de su madre, resonaban una y otra vez el día anterior, el día de su boda. Finalmente, se quedó dormida.

Al día siguiente, mientras estaban desayunando, el silencio se apoderaba de la habitación hasta que por fin el herrero pronunció enfadado las siguientes palabras:

-Ahora eres mi mujer, y no puedes deambular sola por la noche.

– ¿Qué te molesta más, esposo mío, que anduviera sola por la noche o que te estuviera vigilando? ya que tu fama te precede.

Fue en ese momento cuando Didacus, dio un golpe seco en la mesa, tiró toda la comida y platos al suelo; levantó a su mujer de la silla, la posó sobre la tabla y la forzó. Una vez terminado el acto, dijo: no me enfades mujer, pues desde que nos casamos no he yacido con ninguna otra. En tu mano está seguir así.

Fue en ese momento, cuando Gadea comprendió que su marido era un hombre de pocas palabras y no le gustaba que le desobedecieran. Pero ella no era la típica esposa abnegada que se sometía a las necesidades y órdenes de su esposo.

Maldita familia

Cada vez que pasaba por delante de la casa de sus padres, un escalofrío la invadía. Su cuerpo se paraba en seco y no era capaz de mover ni un solo músculo, recordando su infancia:

Maldita familia, aprendió a vivir triste, melancólica, abatida y ahora es incapaz de que esos sentimientos desaparezcan.

Maldita familia, nunca estuvieron en los momentos más importantes para ella, que no fueron muchos pero tampoco pocos.

Maldita familia, con lo inteligente que es, y cómo la menospreciaban.

Maldita familia, tuvo que salir de su casa para conocer que no había una maldita familia, sino una maldita envidia. Y así consiguió que su cuerpo no se paralizara al recordar su infancia.

¿Quién soy?

Paseando por el bosque a la luz de la tenue luna, observando el cielo estrellado y los árboles en calma, se sentía feliz, tranquila y muy ilusionada, pues había conseguido algo que nunca se lo hubiera imaginado, encontrar la respuesta a una pregunta que tantas y tantas veces se había planteado:

Soy aburrida, divertida.

Introvertida, extrovertida.

Inteligente, necia.

Vaga, codiciosa.  

Fea, guapa.

En definitiva soy todos los adjetivos que quiera ser, pues todos ellos conllevan mi yo.

Mirar más allá de nuestra comodidad

“Ellos sobreviven día a día y nosotros nos quejamos por no poder tomar un café”. Frase que escribí hace cinco semanas en el post: Mirar fuera de nuestra comodidad. En el cual, realizo preguntas abiertas, para saber cómo son capaces de sobrevivir las personas que viven en países de guerra.

Debido a la actualidad, he creído que era necesario, realizar este pequeño recordatorio. Y a continuación, dejo un micro relato para que no nos olvidemos de lo que ha pasado y está pasando en el mundo.

Abrió los ojos y se encontró en un lugar totalmente distinto a su hogar. Estaba exhausto, agotado, cansado de tanto esfuerzo, pero a la vez se encontraba feliz pues su familia estaba con él. Habían conseguido materializar su sueño; ahora se enfrentaban a una nueva vida muy lejos de su lugar de origen.

¿Qué esconde una sonrisa?

Siempre la encontrabas sonriendo: cuando paseaba, cuando estaba cuidando a sus hijos, o tomando un té con sus amigas, también en el trabajo, e incluso en su propia casa cuando estaba sola y se sentaba en el sofá para descansar. Al llegar la noche, le dolían los mofletes de tanto sonreír, pero era un dolor “bueno” y al día siguiente lo seguiría haciendo.

Sus amigas/os, al salir de casa, completaban su look con fulares, bolsos, anillos, mochilas… ella no necesitaba nada de eso, simplemente su sonrisa era su mejor complemento.

Pero, ¿por qué sonreía tanto? ¿Qué escondía esa sonrisa? Pues simplemente, escondía felicidad y dolor. Felicidad: porque ya no sufre tanto como lo hizo en su día, y dolor porque a pesar de haber mejorado su enfermedad crónica siempre se manifestará. Y es por este motivo por el que nunca dejará de sonreír, pues a pesar de las dificultades y del dolor, por fin ha encontrado la balanza de salud y enfermedad.

Un presente con esperanza

Con los ojos tristes y melancólicos, pensaba en su pasado. Aquel pasado repleto de emociones, diversiones y sorpresas. Un pasado totalmente distinto al presente. Pues todos los pasados, pasados están, entonces, ¿para qué pensar en ellos? ¿Para recordar esos bonitos momentos sin caer en la melancolía del recuerdo?

Ahora, se presenta ante un presente de adversas emociones, repleto de preguntas y dudas, al igual que en las primeras etapas de la vida; pues como un niño, también tiene un lienzo en blanco dispuesto para ser pintado, eligiendo sutilmente cada color y cada pincelada dejando fluir el alma.

Se presenta un presente, con ganas de luchar, de caminar y quizá quien sabe de volver a amar y ser amado.

En definitiva, se presenta ante un presente, dispuesto a ser vivido, sabiendo que aunque el pasado haya sido dichoso y complicado, el futuro lo prepara con esperanza para afrontar el ahora de este presente.

Carta

Si algo nos ha enseñado la historia, es que el miedo es un arma extremadamente poderosa; debido a ello, ha ocurrido lo mejor y lo peor de la humanidad, se han construido grandes y poderosos imperios y se han creado las mayores destrucciones: las guerras.

Y es por este sentimiento tan antaño, por el cual, he decidido que me vacunen. Ya sé que al miedo hay que vencerlo, que no te tienes que dejar llevar por el y etc.

Pero, es que con respecto a la vacunación, solo tengo claro tres cosas muy sencillas o complicadas, siempre dependiendo de cómo se mire:

  • Primera: estoy convencida, a lo mejor me puedo equivocar, pero creo que no, (y este es uno de los motivos principales, por lo que he decido que me vacunen) que si en algún momento el virus entra en mi cuerpo, yo termino en la UCI, debido a que mi sistema inmunitario es débil y me baso en la teoría de la experiencia; todos los catarros, gripes… que cruzan el umbral de mi casa terminan en mí y conmigo duran más tiempo y con peores síntomas que a los demás, seguramente digas: claro porque no puedes tomar ningún medicamento, ¿y cuándo tomaba medicación para las gripes, se me pasaban rápido y sin ningún síntoma? Omito respuesta porque la conoces muy bien.
  •  Segunda: que si este covid, hubiera pasado hace 9 o incluso 3 años, estas letras no existirían, pues la respuesta sería muy clara, no me vacuno. Mi cuerpo no estaba tan desintoxicado como lo está ahora. 
  • Y mi última convicción muy relacionada con la primera: no quiero volver a estar ingresada en la UCI. Y lo siento pero esta frase no tiene explicación, pues afortunadamente, yo estuve muy poquito tiempo ingresada y aún así, necesité ayuda psicológica.

Y entonces, me puedes decir; pero si te vacunas, te pueden dar convulsiones que fueron las que te llevaron a la UCI. Sí pero ahora ya sabemos cómo parar las convulsiones sin la necesidad de medicamentos y si son muy fuertes y muy continuas, pues se recurriría a la vía del medicamento, pero siempre en dosis muy pequeñas y controladas, no en una “sobredosis” como ocurrió hace ya tiempo.

Soy muy consciente, que mis enfermedades van a empeorar con los efectos secundarios de la vacunación. Y esto es algo que me fastidia, no porque me haya costado muchos años llegar hasta este punto, en el que estoy ahora, pues la respuesta ya la sabemos, si he mejorado con estas pautas, tengo que seguir haciéndolas y no desfallecer en el intento. Sino porque siempre me ha gustado, he intentado ser fiel a mis principios y tomar la decisión de vacunarme, va en contra de lo que escribo. Pero como me dijo una vez mi padre, hace ya muchos años: no seas más papista que el papa.

Muchísimos besotes y muchísimas gracias por todo.

Te quiere,

Mayte.

PD. Al final, en los momentos más cruciales, siempre termino recurriendo a las letras antes que a las palabras y en esta situación no podría ser distinta.

Escribí esta carta, a alguien muy especial, una semana antes de la cita para la vacunación. Y casi un mes después de haberla escrito y una vez vacunada con la pauta completa, decido publicarla, pues deseo compartir la preocupación de aquellos días y corregir aquello de lo que estaba equivocada. Como bien me dijiste, mis patologías no han aumentado después de la pauta completa y mi proceso de recuperación sigue continuando.

Desde que recibí el mensaje, hasta que decidí que me vacunaran, fueron días de incertidumbre y miedo, como bien se explica en la carta, y finalmente esta fue mi opción, correcta o errónea, pues no lo sé el tiempo lo dirá. Yo solamente puedo decir que me he vacunado y que a esos efectos secundarios que tanto miedo les tenía no fueron para tanto, fueron menos de lo que esperaba, sí, me dieron convulsiones con la segunda dosis, pero sigo pensando que mejor unas convulsiones que la UCI. Se que no soy nadie para dar mi opinión y me ha costado muchísimo hacer pública esta carta pero creo que estamos en pandemia y todo grano de arena ayuda.

Mirar fuera de nuestra comodidad

Siempre me he preguntado cómo viven las personas en países de guerra; cómo son capaces de sobrellevar su vida, sabiendo que a lo mejor un día de estos, su hijo puede morir o ya ha fallecido.

Pueden pasear por su ciudad, viendo un montículo de escombros, que correspondían a la casa de su amigo o a la tienda de comestibles donde todos los días iban a comprar.

¿Cómo son capaces de levantarse todos los días y conseguir algo de alimento, y cómo son capaces de mantener el flujo económico?

¿Cómo son capaces de lidiar con ese odio que crece en su interior? Y si lo dejan aflorar, ¿Qué bando eligen? ¿el que le dicta su propio odio interior, o el que le dictan los demás?

¿Cómo saben si su hermano, es su aliado o su enemigo?

Y sobre todo, ¿Quién o quiénes, son los precursores, de que estas personas estén así? ¿Ellos mismos, el dinero, los gobiernos, las alianzas extrañas en tiempos de guerra…?

Lo que me hace plantearme otra pregunta, ¿un mundo pacifista, es un mundo utópico?  

Ellos sobreviven día tras día y nosotros nos quejamos por no poder tomar un café.

Siempre ella, siempre la misma

Con qué facilidad y qué con que mimo cuidaba sus cosas. Esos pequeños artículos que no tenían ningún valor material, es más, algunos estaban hasta rotos, pero para ella eran sus más valiosos tesoros, el valor sentimental de aquellos objetos no tenía precio.  

Entre sus manos cogió un pequeño harapo, que en su día fue un precioso lazo azul que los días de fiesta, lucía en su larga y morena melena. Con sumo cuidado se lo ató a su cabello y observándose en el espejo, vio que ya no era la misma persona. Esos días habían quedado atrás. Ya no iba ni a teatros, ni a bailes; ni a reuniones, ni a celebraciones. Simplemente vivía de sus recuerdos, de aquella época en la que su discreción y su elegancia hacían que asistiera a cualquier evento.

Y efectivamente, mientras seguía mirándose en el espejo, observaba que el color plateado de su actual corte de pelo, prevalecía sobre el negro de antaño, y que a pesar de los años seguía manteniendo esa elegancia y discreción que tanto la caracteriza.

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