Fuego en sus manos

Sintiendo el fuego en sus manos.

Ese fuego le penetraba hasta lo más hondo de sí mismo y le gustaba, le hacía sentirse vivo, con esperanza; sensación que desde hace ya varios años no la experimentaba y volver a sentirla otra vez, provocaba en él una sensación extraña, que sin lugar a dudas, quería que se volviera a repetir una y mil veces más.

Hace ya un tiempo, que perdió todo lo que amaba: su trabajo, amistades; pues conscientemente se fue separando de ellos, no quería que lo recordasen como el amargado en el que se estaba convirtiendo, y decidió tomar a la soledad como su compañera inseparable.

Hasta que un día algo cambió en su rutina de ermitaño. Y un viejo amigo, de esos que aunque los quieras abandonar, ellos, nunca se darán por vencidos y siempre estarán ahí. Llamó a su puerta, entonces al verlo descubrió ese fuego en sus manos.

Su pueblo, sus costumbres

Se palpaba en el ambiente, que no se encontraba cómoda que ese no era su ambiente, no quería estar allí, pero debía estar, se sentía fuera de lugar y no se adaptaba.

Las costumbres eran nuevas para Naria y no quería participar en ellas, no obstante no le quedaba otra opción que hacerlo. Sin embargo, los demás participantes disfrutaban como niños pequeños, estaban totalmente integrados en sus tradiciones y desde hace muchos meses ya empezaban a contar los días que quedaban para la “gran celebración”, como ellos la llamaban. 

Todos los aldeanos vestían sus mejores galas, verlos así, despertaba en los/as paisanos/as y un ambiente más festivo del que ya había.

La música era escuchada por toda la comarca, tocaban sin cesar. Para esta gran ocasión, los músicos habían ensayado nuevas melodías, las cuales tuvieron una muy buena acogida.

El cortejo célebre, presidido por los músicos, y a continuación todos los paisanos, se dirigían hacia la montaña, más concretamente a la cascada que abastecía de agua al poblado, Naria, no entendía por qué la gran fiesta de estos habitantes, se celebraba en un sitio tan estrecho y recoveco. Pero cuando vio el lugar lo entendió perfectamente. Pudo observar los altos y robustos robles proporcionando una cálida sombra, la cual era totalmente necesaria pues el calor asfixiaba; y la brisa del agua de la gran cascada, penetraba en su cuerpo, provocando así una absoluta calma, hasta tal punto que ni el bullicio de la gente ni la música podía desconcertarla.

Y es en ese preciso instante cuando Naria descubrió, que este pueblo era su pueblo.    

El legado de su trabajo

Mirándola a los ojos, pudo ver algo extraño en ella, algo que le llamaba sumamente la atención, hasta tal punto que ni siquiera podía ser capaz de preguntarle que le sucedía, pues el rostro de ella reflejaba una mezcla entre apatía y perplejidad y eso le daba miedo.

Ella siempre vivió en su mediano mundo, en el que algunos problemas no eran tan fáciles de solucionar y las alegrías no tan constantes. Un mundo lleno de trabas y algunas complicaciones; pero también de diversiones, pues para llegar hasta donde ha llegado; convertía los problemas en soluciones y eso le apasionaba.

Pero ahora se enfrentaba a otra realidad en la que dejaría de ser la protagonista de su historia para cederle el legado a otros, y eso era algo a lo que no estaba acostumbrada. 

Todavía se sentía útil, muy viva y no quería pasar su legado a la siguiente generación sin prestar batalla. Pero en lo más profundo de su ser y aunque nunca lo reconociera, ella sabía que el traspaso generacional era la opción más segura para que su trabajo siguiera vivo. Y así, sería la mejor forma de cerrar una dulce etapa de su vida y abrirse hacia su nuevo futuro con diferentes planes y expectativas.   

Secuelas de una enfermedad

Después de pasar por muchos médicos, todos le comentaban lo mismo que se recuperaría dentro de poco, que se encontraba bien, que lo único que tenía que hacer es esperar a que su cuerpo se fuera recuperando, y que así, poco a poco, conseguiría ser la de antaño, pues ya ha pasado por una enfermedad bastante grave y ahora solamente falta esperar a recuperarse.

Pero parecía que esa recuperación no llegase nunca, parecía que los días se tornasen grises y nunca despejasen.

Poco a poco se da cuanta que ya no era la que era, esa persona quedó atrás. Sus ganas de vivir, de luchar, de reír e incluso de perdonar, habían desaparecido ya no tenía ese ímpetu que tanto la caracterizaba, ya no salía de fiesta con sus amigos, pues no conseguía seguirles el ritmo. Ni tampoco participaba en las reuniones familiares, ya que se alargaban en demasía.

Nunca se hubiera imaginado que aquellas personas que la apoyaron en sus momentos más duros, ahora, fueran ellas las que no comprendían que este es un proceso  lento y doloroso. Quizá fuera porque se cansaron de la chica en la que se ha convertido, pues las ganas de luchar y de pelear habían desaparecido y ahora se centraba en sobrevivir.

Hasta que un día se levantó con ganas cambiar su vida. Se había cansado de esperar ese lento y doloroso proceso de recuperación, y cambió el color del cristal por el que veía su vida, pues decidió por ella misma que este era su momento, que su recuperación ya había llegado, que asumía las recaídas que tendría por el camino, pero no le importaba, pues quería disfrutar de todo lo que se había perdido.

El sacrificio de la amistad

Vestida con su mejores galas se preparaba para ir a la fiesta, esa que tantos y tantos días llevaba organizando. Llegó la primera, antes incluso, que los cumpleañeros, pues era ella, quien había preparado toda la celebración y quería que todo fuera perfecto; por ese motivo se encontraba allí sola ultimando los detalles. No le importaba ni la soledad ni el trabajo duro, pues lo que hacía le apasionaba.

Lo único que le importaba era que sus amigos estuvieran a gusto en la fiesta y para ello era capaz de sacrificar su bienestar por el de sus amigos. Lo solía hacer con bastante frecuencia y eso producía en ella una sensación gratificante y tormentosa a la vez.  Pero, ¿algún día, vería su sacrificio recompensado?

Su primera sonrisa

La primera vez que lo cogió en brazos, experimentó una sensación extraña, de amor, ¿tal vez? Si eso era el amor en mayúsculas, nunca lo había experimentado hasta ese preciso instante.

Miraba a su primer hijo y después a su mujer y no podía dejar de sonreír, pues la felicidad le inundaba.

En ese preciso momento, recordó el primer día que conoció a su esposa, no recordaba cómo iba vestida, ni dónde se conocieron, tal vez en ese parque donde disfrutaba de sus fines de semana, o era en su cafetería favorita, en esos momentos era incapaz de recordarlo. Pero lo que sí recordaba con una claridad nítida era su sonrisa, y desde esa primera, sabía que le traería muchas más, y no se equivocaba pues ahora observaba dos idénticas sonrisas.

¿Qué es la muerte, qué es la vida?

Cansada de trabajar, de luchar, de esforzarse día tras día. Al levantarse de la cama y abrir los ojos, lo único que pensaba era en cerrarlos permanentemente. Se levantaba porque la obligaban. Pero su único anhelo, era que sus ojos y su cuerpo no respondieran y que el tenue susurro de su último día, llegara.

No le importaba lo que dejaba atrás, ni siquiera el camino que había recorrido hasta ese momento. Y tampoco las personas que abandonaría. Solo le interesaba no sufrir más. Y ya no encontraba otra solución que acabar cuanto antes, con lo que ella llamaba su sufrimiento.

Ese sufrimiento que si lo mirabas desde otra perspectiva no era tan grande, pero habitualmente, cuando el sufrimiento es de uno mismo tendemos a magnificarlo.

Y allí se encontraba, con un arma de fuego cerca de ella y las balas en sus manos, haciéndose su última pregunta: ¿Qué es la muerte, qué es la vida?  

Aquel niño

Al final, todos somos esclavos de todos, creemos que somos libres, pero mírate, aquí estás, me necesitas, dependes de mí, has venido a pedirme un favor, y no sabes cuándo me lo devolverás. Mientras tanto, te estás preguntando si aceptaré. Si estás aquí, es porque realmente me necesitas y yo me pregunto: ¿quiero ayudarte? Sería un necio si me negara, pues mírate, ¿qué fue de aquel muchacho, que tenía los pies mojados porque sus zapatos estaban agujereados y con olor a pescado? ¿qué fue de aquél muchacho, que se pasaba todos los días en la mar, faenando con su padre?

¿Qué has hecho, para que tus zapatos estén impolutos y tus prendas sean de la mejor seda? ¿Cómo de fácil, te resultó vender tu alma?

Dime ¿Qué es lo que quieres de mí? y aunque desee con todas mis fuerzas hacer un trato contigo, aún conservo parte de mi dignidad. Y para mí, siempre serás ese niño que faenaba con su padre en la mar.

Su lugar

Inmóvil y cansada de tanto aguantar el viaje, pues era largo, muy largo y el camino sinuoso. Las piedras en la calzada no eran muy grandes, pero no obstante hacían que los caballos tropezaran con ellas provocándoles estruendosos relinchos, por lo que, la carreta se balanceaba de un lado a otro, lo que hacía que ella se marease constantemente.

Entre ese baile tan peculiar que se había formado, no le daba tiempo de pensar en nada, simplemente deseaba llegar lo antes posible.

Y cuando por fin, llegó ese momento tan deseado para ella, con cierta dificultad y siguiendo estando un poco mareada salió de la carreta y observó a su alrededor. Una vieja y destartalada casa la esperaba, las ventanas estaban rotas y la puerta de entrada carcomida. La verdad, es que no parecía una casa y ni mucho menos un hogar. Sus primeras impresiones fueron de asco, horror y desesperación, pues pensó que nunca dormiría allí. Y si la vivienda estaba destartalada el jardín parecía una selva, los viejos y robustos árboles estaban llenos de moho y la hiedra escalaba por sus troncos.

Esa propiedad necesitaría muchísima dedicación, paciencia y trabajo. Menos mal, que en este duro proceso no se encontraba sola, su conductor, no solo del carromato sino que de su vida también, estaba junto a ella y no se separaría en este arduo proceso.

Adecentar la casa y el jardín no les está siendo tarea fácil, no solo para ella que tiene una salud más delicada que su marido, sino que para él también, pues la propiedad requiere mucho esfuerzo y sacrificio. Y por lo tanto, aquellos pequeños avances, los celebraban como un gran victoria.

Un día, decidí pasarme por allí, pues a parte de ser narradora, vivo relativamente cerca de su ubicación y descubrí que esa destartalada casa se había convertido en un sosegado hogar, en el cual les proporcionaban esa estabilidad que nuestros protagonistas tanto añoraban y ese ansiado lugar que tanto buscaban.

Ansiada paz

Sentada en el regazo de la persona más importante de su vida, se sentía feliz. Todos esos sentimientos de pesadumbre desaparecían y encontraba la ansiada paz que tanto buscaba.

Esa paz que le inspiraba tranquilidad y le recordaba que ella es capaz de hacer cualquier cosa, que ella nunca se rinde y que lucha día tras día para conseguir sus sueños, sus objetivos.

Esos sueños que cada vez son más ambiciosos, pues cada vez aspira a ser la mejor. Y ser consciente de lo que esto conlleva le lleva a esta situación a estar acurrucada con quien le transmite esa paz tan deseada.

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