Mi gratitud

Con motivo de fin de año, no me gustaría terminar este 21 sin decir lo siguiente:

Estas líneas, son para vosotras/os, quienes desde el inicio de esta pequeña andadura, incansablemente habéis dado me gusta a los escritos, algunos os habrá gustado más y otros menos o eso es lo que creo, y sin embargo ahí habéis estado al pie del cañón, leyéndolos, dándoles me gusta e incluso compartiéndolos.

Desde mi pequeña ventanita, estáis leyendo los escritos y yo me pregunto: ¿quién soy, para hacer esto? ¿qué importancia tienen mis letras, para que os gusten y las leáis?

Pues, simplemente soy una persona más, escribiendo en una red social. Y por lo tanto os doy las gracias por saber conectar conmigo y “obligarme” a hacer lo que más me gusta.

Muchas gracias.

Mayttet.

Erea

Sentada en el extremo más opuesto de la mesa, intentando pasar desapercibida, allí se encontraba Erea, tan elegante y distante como siempre, su largo cabello caoba caía sobre su espalda como el agua de una cascada, y sus grandes y oscuros ojos, hacían que no dejaras de mirarla ni por un solo instante. Y así, sin querer atraía las miradas que ella nunca quería.

Educada y con la dulzura que tanto la caracterizaba, participaba en las conversaciones de los comensales, pero lo que ella realmente quería, era observar, y no ser observada. Contemplar hasta el más minúsculo detalle de quienes compartían la misma mesa que ella y así poder aprender de ellos.

Que esta cena esté llena de dulce prudencia y sabrosas alegrías.  Felices fiestas.  

Dulce y condicionante dolor

Se sentía confusa, confundida. No conseguía pensar con claridad, a pesar de todos su esfuerzos, su mente seguía aturdida. Quería tener un momento para reflexionar, aunque solo fuera un segundo, pero no era capaz de poner orden en su cabeza, casi no recordaba ni su propio nombre.

El dolor le era tan agudo y punzante, que no solo le afectaba a su pierna sino que también a su cerebro, pues obviamente era él, quien daba esa orden de dolor.

Desgraciadamente, ya estaba acostumbrada a ello, pero no a ese dolor tan intenso, este le era totalmente nuevo y estaba francamente preocupada, hasta tal punto, que la único pregunta que podía pensar con claridad era la siguiente: ¿y ahora, qué pasará, tendré que vivir con este dolor constante? Y si así fuese, procuraré que no sea el máximo protagonista de mi vida.

Una mera espectadora más

Poco a poco y con el paso del tiempo, te vas convirtiendo en una mera espectadora, que ve la vida pasar. Donde te sientes feliz viendo a los demás divirtiéndose y disfrutando de lo que tú no puedes hacer. Simplemente, te conformas con que se acuerden de ti, o de vez en cuando te pregunten cómo te encuentras. Pues no quieres molestar su felicidad. Cuando llegas a este punto, es porque has asumido que ya no eres la que eras, que ya no puedes hacer todas esas cosas, que ya no eres la protagonista de la historia y por eso deseas que los demás se diviertan, porque has asumido que tu momento ya ha terminado.

Entonces, es aquí, donde ves que el egoísmo ya no tiene cabida en tu nueva vida, no quieres preocupar a los demás con tus mil y un males, problemas… sino que lo único que quieres es no enturbiar la felicidad de los demás.

Fuego en sus manos

Sintiendo el fuego en sus manos.

Ese fuego le penetraba hasta lo más hondo de sí mismo y le gustaba, le hacía sentirse vivo, con esperanza; sensación que desde hace ya varios años no la experimentaba y volver a sentirla otra vez, provocaba en él una sensación extraña, que sin lugar a dudas, quería que se volviera a repetir una y mil veces más.

Hace ya un tiempo, que perdió todo lo que amaba: su trabajo, amistades; pues conscientemente se fue separando de ellos, no quería que lo recordasen como el amargado en el que se estaba convirtiendo, y decidió tomar a la soledad como su compañera inseparable.

Hasta que un día algo cambió en su rutina de ermitaño. Y un viejo amigo, de esos que aunque los quieras abandonar, ellos, nunca se darán por vencidos y siempre estarán ahí. Llamó a su puerta, entonces al verlo descubrió ese fuego en sus manos.

Su pueblo, sus costumbres

Se palpaba en el ambiente, que no se encontraba cómoda que ese no era su ambiente, no quería estar allí, pero debía estar, se sentía fuera de lugar y no se adaptaba.

Las costumbres eran nuevas para Naria y no quería participar en ellas, no obstante no le quedaba otra opción que hacerlo. Sin embargo, los demás participantes disfrutaban como niños pequeños, estaban totalmente integrados en sus tradiciones y desde hace muchos meses ya empezaban a contar los días que quedaban para la “gran celebración”, como ellos la llamaban. 

Todos los aldeanos vestían sus mejores galas, verlos así, despertaba en los/as paisanos/as y un ambiente más festivo del que ya había.

La música era escuchada por toda la comarca, tocaban sin cesar. Para esta gran ocasión, los músicos habían ensayado nuevas melodías, las cuales tuvieron una muy buena acogida.

El cortejo célebre, presidido por los músicos, y a continuación todos los paisanos, se dirigían hacia la montaña, más concretamente a la cascada que abastecía de agua al poblado, Naria, no entendía por qué la gran fiesta de estos habitantes, se celebraba en un sitio tan estrecho y recoveco. Pero cuando vio el lugar lo entendió perfectamente. Pudo observar los altos y robustos robles proporcionando una cálida sombra, la cual era totalmente necesaria pues el calor asfixiaba; y la brisa del agua de la gran cascada, penetraba en su cuerpo, provocando así una absoluta calma, hasta tal punto que ni el bullicio de la gente ni la música podía desconcertarla.

Y es en ese preciso instante cuando Naria descubrió, que este pueblo era su pueblo.    

El legado de su trabajo

Mirándola a los ojos, pudo ver algo extraño en ella, algo que le llamaba sumamente la atención, hasta tal punto que ni siquiera podía ser capaz de preguntarle que le sucedía, pues el rostro de ella reflejaba una mezcla entre apatía y perplejidad y eso le daba miedo.

Ella siempre vivió en su mediano mundo, en el que algunos problemas no eran tan fáciles de solucionar y las alegrías no tan constantes. Un mundo lleno de trabas y algunas complicaciones; pero también de diversiones, pues para llegar hasta donde ha llegado; convertía los problemas en soluciones y eso le apasionaba.

Pero ahora se enfrentaba a otra realidad en la que dejaría de ser la protagonista de su historia para cederle el legado a otros, y eso era algo a lo que no estaba acostumbrada. 

Todavía se sentía útil, muy viva y no quería pasar su legado a la siguiente generación sin prestar batalla. Pero en lo más profundo de su ser y aunque nunca lo reconociera, ella sabía que el traspaso generacional era la opción más segura para que su trabajo siguiera vivo. Y así, sería la mejor forma de cerrar una dulce etapa de su vida y abrirse hacia su nuevo futuro con diferentes planes y expectativas.   

Secuelas de una enfermedad

Después de pasar por muchos médicos, todos le comentaban lo mismo que se recuperaría dentro de poco, que se encontraba bien, que lo único que tenía que hacer es esperar a que su cuerpo se fuera recuperando, y que así, poco a poco, conseguiría ser la de antaño, pues ya ha pasado por una enfermedad bastante grave y ahora solamente falta esperar a recuperarse.

Pero parecía que esa recuperación no llegase nunca, parecía que los días se tornasen grises y nunca despejasen.

Poco a poco se da cuanta que ya no era la que era, esa persona quedó atrás. Sus ganas de vivir, de luchar, de reír e incluso de perdonar, habían desaparecido ya no tenía ese ímpetu que tanto la caracterizaba, ya no salía de fiesta con sus amigos, pues no conseguía seguirles el ritmo. Ni tampoco participaba en las reuniones familiares, ya que se alargaban en demasía.

Nunca se hubiera imaginado que aquellas personas que la apoyaron en sus momentos más duros, ahora, fueran ellas las que no comprendían que este es un proceso  lento y doloroso. Quizá fuera porque se cansaron de la chica en la que se ha convertido, pues las ganas de luchar y de pelear habían desaparecido y ahora se centraba en sobrevivir.

Hasta que un día se levantó con ganas cambiar su vida. Se había cansado de esperar ese lento y doloroso proceso de recuperación, y cambió el color del cristal por el que veía su vida, pues decidió por ella misma que este era su momento, que su recuperación ya había llegado, que asumía las recaídas que tendría por el camino, pero no le importaba, pues quería disfrutar de todo lo que se había perdido.

El sacrificio de la amistad

Vestida con su mejores galas se preparaba para ir a la fiesta, esa que tantos y tantos días llevaba organizando. Llegó la primera, antes incluso, que los cumpleañeros, pues era ella, quien había preparado toda la celebración y quería que todo fuera perfecto; por ese motivo se encontraba allí sola ultimando los detalles. No le importaba ni la soledad ni el trabajo duro, pues lo que hacía le apasionaba.

Lo único que le importaba era que sus amigos estuvieran a gusto en la fiesta y para ello era capaz de sacrificar su bienestar por el de sus amigos. Lo solía hacer con bastante frecuencia y eso producía en ella una sensación gratificante y tormentosa a la vez.  Pero, ¿algún día, vería su sacrificio recompensado?

Su primera sonrisa

La primera vez que lo cogió en brazos, experimentó una sensación extraña, de amor, ¿tal vez? Si eso era el amor en mayúsculas, nunca lo había experimentado hasta ese preciso instante.

Miraba a su primer hijo y después a su mujer y no podía dejar de sonreír, pues la felicidad le inundaba.

En ese preciso momento, recordó el primer día que conoció a su esposa, no recordaba cómo iba vestida, ni dónde se conocieron, tal vez en ese parque donde disfrutaba de sus fines de semana, o era en su cafetería favorita, en esos momentos era incapaz de recordarlo. Pero lo que sí recordaba con una claridad nítida era su sonrisa, y desde esa primera, sabía que le traería muchas más, y no se equivocaba pues ahora observaba dos idénticas sonrisas.

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