Letras

Dicen que escribo encriptado, dicen que nadie entiende mi letra, dicen que siempre me abstraigo. Pues lo que no saben es que escribo con esmero, cuidando lo que yo considero correcto, escribiendo lo que a mí me gusta. Y así escribo estas letras, que sin ser preciosas reflejan mi esencia. Pues cada una de ellas me roban un trocito microscópico de mi alma y yo se lo permito, pues lo quiero compartir.

Recuerdos de infancia

Desayunando mirando al mar, se sentía relajada, tranquila, todos esos pensamientos negativos se habían esfumado. Sentía una inmensa paz, de la que hace mucho, mucho tiempo no la recordaba.

Los marineros empezaban a faenar y ella, los veía desde la terraza anhelando aquellos días en los que se subía a la pequeña barquita familiar con su padre como patrón de la misma. A pesar de su temprana edad, aún recordaba cómo su padre tuvo que venderla para poder pagar las deudas. Recuerda ese día con tristeza, y sin embargo, su padre, lo recuerda con alegría, pues como se dice popularmente: “el que paga descansa y el que cobra más”.

Entonces, esos días de salir a navegar, se paralizaron y ya no pudo experimentar la mar desde ese sutil o embravecido balanceo. Y ya solo le quedaba observar a los barquitos desde el balcón.

Pero ese día, era distinto, tenía preparada una sorpresa que su padre siempre recordaría. Cuando su progenitor se despertó, no le dejó ni siquiera tomar una triste tostada; lo cogió del brazo y lo llevó hasta la playa, desde donde antiguamente salían las barquitas a faenar y allí estaba la suya, flamante y hermosa, más incluso que en sus recuerdos. Parecía que ni las olas, ni el paso del tiempo hubiera hecho mella en ella.

Su padre, emocionado abrazó a su hija y se montó en su roja barca, y juntos sin tener la necesidad de decir ni una palabra se adentraron a la mar.

Un solo latido

Expectante y a la vez un tanto excitada, pues su nuevo novio la esperaba, vestida respetando su propio estilo, pero a la vez con un punto provocativo, no muy común en ella, pero la situación lo requería.
Habían quedado en una cafetería para poder saborear dulces manjares y apasionados besos.
Esos besos de las primeras citas, en la que dos extraños, se van conociendo, fascinando y convirtiéndose así en un solo latido, en una sola respiración. En un solo ser.

Su guardián del bosque

¿Dónde estás, dónde estás?

Le preguntaba una y otra vez, y cada vez que lo hacía la respuesta era la misma: silencio. Ya no sabía si lo estaba haciendo adrede o simplemente no le podía escuchar.

No obstante, ella no desesperaba lo intentaba y lo intentaba, pero siempre con el mismo resultado. El silencio como resultado.

Hasta que un día ya se cansó de ese juego tan agotador para ella, y decidió ponerle fin, sino le respondía tampoco recibiría sus elaborados postres.

Estaba cansada de darle de comer a alguien al que ni siquiera era capaz de dar las gracias.    

Así que, decidió no dejarle ni un solo gramo más de pastelitos en el lugar secreto, al lado de un gigante y robusto arce rojo, que era allí, donde siempre le dejaba los dulces.

Al día siguiente y con la intriga de siempre en el cuerpo, fue a su lugar su lugar favorito del bosque, pero esta vez ningún dulce la acompañaba. Y a diferencia de los demás días, esta vez, no dejó la comida y se fue, sino que permaneció allí, durante un buen rato, tanto que ya ni sentía las manos debido al gélido frío de la noche y a pesar de ello, no consiguió ver nada ni siquiera intuir un sutil ruido, estaba claro que allí no había nadie y decidió marcharse.

Al acostarse en la cama, sintió remordimientos por no haberle dejado viandas a su misterioso amigo y se adentró en el bosque para buscar el gran arce rojo y dejarle los dulces que esa misma mañana había horneado.

Al acercarse a su árbol favorito, observó una extraña figura, no la podía ver bien, pues la noche estaba muy oscura y solo la iluminaba una vieja linterna que encontró en el garaje. Ese extraño ser, no emitía ningún sonido, pero era corpulento, pues su sombra lo delataba.

Estaba entre intrigada y asustada ¿sería él su extraño goloso? Para confirmarlo dejó los deliciosos dulces en el sauce más cercano, pues el arce rojo estaba muy lejos y no quería asustarlo y como siempre, se marchó de allí.

Esa misma noche, sucedió algo muy curioso, algo que nunca antes le había pasado, soñó su bosque y esa extraña criatura.

En sus sueños, por fin, pudo ver a su extraño goloso y observó que no era ni feo ni gruñón, simplemente un tanto ermitaño. Era un hombre corpulento un poco ajado y de marcadas facciones. Tampoco hablaba, pero supo que era él porque estaba comiendo sus viandas que le había dejado.

En esta ocasión, nuestra chica, no se marchó y permaneció inmóvil observando cómo su extraño amigo, engullía las galletas y las magdalenas que con tanto esmero había preparado. Y cuando por fin, terminó su festín, la miró y entonces Dana al fin le escuchó su grave voz y le dijo: soy el guardián de tus sentimientos más profundos déjalos crecer y al igual que tus deliciosos dulces cada vez serán más deliciosos.

Intentos de evasión

Vestida de largo y verde, el color favorito de su abuela, el cabello recogido con una diadema de pequeñas flores naturales y en sus manos portaba un abanico de encaje blanco.

No quería desentonar para la ocasión y creyó que así debía vestir.

Los invitados la esperaban expectantes, pues ella nunca defraudaba. Su porte, su saber estar y sus diversos trajes la coronaban como la mejor anfitriona de toda la isla.

Una isla semi habitada en la que la vida contemplativa y llena de eventos era el día a día. Un lugar paradisíaco en el cual, el esfuerzo y la constancia de tiempos pasados se veían recompensados.

Decidida y con paso firme se dirigió hacia sus comensales, compañeros que al igual que ella, cargaban con un pasado de máxima responsabilidad y placenteros lujos de los cuales, son de estos últimos, de los que no se habían despojado.

Siempre que presidía una celebración sentía un poquito de miedo, pues aunque estuviera todo planeado y preparado nunca sabía si surgiría algún imprevisto. En esta situación no fue así, la recepción y la cena, con los más exquisitos y sublimes manjares estuvieron a la altura de lo que era ella, una gran anfitriona.

Y cuando al fin se encontraba sola, y la ajetreada fiesta terminó, observó el desorden de la agradable velada, y no se arrepintió de lo sucedido, pues esos cargos de conciencia, propios de su época pasada, de máxima representante y responsable, que desde hace años la atormentaban, los había olvidado aunque solo fueran por unas pocas horas.

Ensimismada en su vergel

Las flores de los coloridos maceteros le rezumaban frescura y dulzura. Caminar a través de ellas le inspiraba paz y tranquilidad. Se encontraba en armonía consigo misma y por fin, podía descansar después de un ajetreado día. El encalado patio, repleto de rojos geranios, azules hortensias y olorosos azahares le incitaban a beber té, a golosos dulces e interminables risas con amigos.

En ese patio se detenía el tiempo y todo era perfecto. Ya no le importaba la bulliciosa cuidad ni sus gentes, simplemente disfrutaba del silencio de las plantas. Siempre se sentaba en el mismo sitio, en el suelo sobre unos mullidos y coloridos cojines, y cerca de la fuente para poder disfrutar de la frescura que emanaba.

En ese momento, una voz conocida pero ya casi olvidada, la sacó de su ensimismamiento, era un viejo y gran amigo que después de tantos años volvía a sus raíces.

Ausente

Parecía que estaba en otro mundo, ausente de la realidad, pero en cuerpo presente.

No observaba nada, ni tampoco miraba, simplemente, allí estaba.

Algunos, la consideraban un mueble más, otros, ni siquiera se percataban de ella, pues estaba tan mimetizada con el ambiente, que pasaba desapercibida y había otros que la observaban, pero no querían verla. Y ella, ¿Qué es lo que quería ella? quizá ser querida, quizá ser ignorada, o simplemente… ser observada.

Cuando lo efímero trastoca a lo eterno

¿Estamos ante una “pandemia psicológica? ¿qué nos está deparando este 2022?

Parece que ya hemos “vencido” al virus, que retomamos nuestras viejas costumbres y es aquí cuando nos damos cuenta de todo lo que hemos vivido. Y hacemos balance de nuestra prioridades: ¿estoy contenta/o con el trabajo, con la familia, con los amigos…? ¿quiero seguir haciendo siempre lo mismo? Etc.

Empezamos a ver el futuro de una manera totalmente distinta y esto hace que realicemos muchas preguntas, para así poder solucionar estas cuestiones. Son preguntas vitales y de suma importancia, que normalmente no las solemos hacer debido a nuestra forma de vida, a las rutinas de nuestro día a día… y ahora, una vez que hemos visto que esas rutinas se pueden trastocar nos preguntamos qué hacemos con nuestras vidas y qué es lo que pesa más en nuestra balanza particular.

Son preguntas que normalmente aparecen en tu vida, cuando esta te da un gran golpe, porque si no la comodidad de las rutinas diarias, impiden que te “des cuenta” de tus verdaderas prioridades. Y es aquí, cuando te planteas la siguiente pregunta: ¿puede lo efímero trastocar lo eterno?

¿Qué me queda?

Mi vida sin ti, se ha vuelto oscura y son pocas las ocasiones en las que veo la luz. Me has dejado un gran vacío, pues tu presencia lo fue todo para mí.

No sé que voy hacer ahora, mi vida ya no tiene sentido. Mi luz se ha apagado, y no creo que se vuelva a encender. Te necesito, pero sé que no estarás y ese efímero recuerdo de ti, es el que me mantiene con vida, con la poquita esperanza de sobrevivir. Pues ahora, mi vida ya no tendrá el mismo sentido. Ahora, solo vivo para sobrevivir. Si no tengo tu presencia, ¿Qué me queda? ¿tus recuerdo? ¿esos que cada vez son más efímeros?

El amor perdido de Árika

¿Por qué ya no estás con él? Le preguntaban una y otra vez, y ella siempre respondía lo mismo: ya no somos esos enamorados del principio. Todo ha cambiado; nosotros, el amor e incluso el mundo. Todo está en constante cambio y no nos hemos adaptado a ello.

Todos creían que Árika, tenía una suerte inmensa, él era un hombre hecho y derecho, como tantas veces, se lo había recordado su abuela, que le concedía todos sus caprichos y la mimaba más de lo que lo hacía su madre cuando está era una niña.

Pero a pesar, de todas las atenciones que ella recibía del él, no supieron adaptarse a las nuevas circunstancias, y esa bonita relación de los primeros años, el paso del tiempo la marchitó y decidieron separase para no hacerse más daño, pero siempre guardando ese profundo cariño y afecto que a pesar del desgaste de la relación se seguían profesando.

Un lluvioso día, al cabo de muchos, muchísimos años después, se reencontraron en aquel viejo cine en el que tuvieron su primera cita.

Árika, a pesar de que ya no era esa jovenzuela que él recordaba, seguía siendo la misma chica coqueta que en su día conoció. Y él, seguía siendo ese gentil caballero, del que ella se enamoró.

El reencuentro fue frugal, pues al mirarse a aquellos “canosos” ojos, pudieron ver que no se equivocaron en la decisión tomada, pues los ansiosos gritos de los nietos de ambos antes de empezar la película, les cercioraron de que no se equivocaron.

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